Bienvenidos al Dallas Buyers Club

dallasclubb

Ilustración: Clara Santos

Crítica

Dallas Buyers Club (2013), de Jean-Marc Vallée

Por Claudia Lorenzo

Durante el festival de cine de Toronto, Peter Knegt escribió un artículo en Indiewire que criticaba Dallas Buyers Club no sólo por su factura técnica y artística, sino por contar la historia del inicio de la epidemia del sida a través de un personaje que no pertenecía al grupo mayoritariamente afectado por ella: la comunidad homosexual. Posteriormente, muchas otras voces se sumaron a esta opinión. Por lo visto 12 años de esclavitud sufrió una polémica parecida al centrarse en la historia de alguien que había sido esclavizado poco más de una década, en vez de alguien nacido y criado en esa vida.

No diré que semejantes críticas me parecen estúpidas, porque algo de razón, en su trasfondo, tienen. Si el cine lleva años, incluso décadas, sin tratar ambos temas en la gran pantalla (al menos de forma popular), puede ser comprensible que aquellos que se vieron más afectados por ellos se molesten cuando una película llega a la audiencia y no narra esa historia, sino la de una minoría –el hombre heterosexual que suele ser, además, protagonista de la mayoría del cine que llega a nuestras pantallas-. Igual lo que se necesita es, simplemente, rodar más películas sobre el inicio del sida – HBO emitirá en mayo el telefilme The Normal Heart, basado en la obra de teatro homónima de Larry Kramer-. Pero la controversia, aunque tenga algo de sentido, también resulta algo tonta. ¿Desde cuándo no merece la pena contar una buena historia, sea la de Solomon Northup o la del hombre que nos ocupa, Ron Woodroof, pese a que no se identifiquen fácilmente con una mayoría? ¿No es el mismo principio que rige que año tras año gran parte de las películas estén protagonizadas por hombres en vez de mujeres, la creencia de que el espectador se identifica con esa “mayoría”?

Por eso que Dallas Buyers Club cuente los inicios de una epidemia desde el punto de vista de un heterosexual no es razón suficiente para denostarla. Es más, como absoluta entregada a la adoración del documental How to Survive a Plague (David France, 2012), finalista en los Óscar el año pasado, creo que ambas son películas complementarias en cuanto a su temática. How to Survive a Plague se nutre de material de archivo para narrar los primeros años del sida en Nueva York (en 2011 el documental We Were Here había entrevistado a los supervivientes de la enfermedad en el barrio gay de Castro en San Francisco). France nos habla del grupo de activismo homosexual Act Up, que decidió tomarse la justicia por su mano e investigar nuevos medicamentos y drogas para paliar o detener la mortalidad de la enfermedad. Además de automedicarse, esta gente pasó años peleando contra la FDA (Agencia de alimentos y medicamentos de Estados Unidos), hasta que finalmente consiguieron que el gobierno considerase la lucha contra el sida una prioridad. El inmenso avance en la investigación de medicamentos no hubiese sido posible, o hubiese tardado mucho más tiempo, sin ellos. Es un documental tremendamente interesante y emotivo sobre una causa en la que el activismo triunfa. Y es un documental que muestra los estragos que hizo en sida en la comunidad gay, esa tan poco representada en Dallas Buyers Club a juicio de muchos críticos.

Ron Woodroof (Matthew McConaughey) es un vaquero de Texas que se dedica al rodeo, a fardar con los amigotes y a ligarse a tías buenas todas las noches. Estamos en 1985. Tras sufrir un desmayo, se despierta en el hospital ante dos médicos que, aún en una época confusa, se dirigen a él cubiertos con mascarillas. Le informan de que tiene sida, esa enfermedad asociada con drogadictos y homosexuales, y que le queda un mes de vida. “No hay nada en el mundo que pueda matar a Ron Woodroof en treinta días”, replica él. Enganchado al ordenador de la biblioteca descubre, en una escena desgarradora, lo que nadie le ha contado antes: el sida se transmite por tener relaciones sexuales sin protección como las que él lleva disfrutando desde hace lustros. También descubre que las mejores medicinas para combatirlo, aquellas que se supone que detienen el avance sin atacar el cuerpo del portador, no están aprobadas en su país. Así que, tras escuchar hablar de Act Up y su forma de automedicarse, él ve la forma de salvar el pellejo (o alargarle la vida), además de hacer negocio. Para esta empresa, se convierte en contrabandista de antirretrovirales y descubre al grueso de sus clientes: la comunidad gay texana. A ellos llega gracias a Rayon (Jared Leto), una transexual también enferma con quien comparte médico (Jennifer Garner).

Tras ver Dallas Buyers Club en San Sebastián llegué a la conclusión de que lo mejor de la película es que su protagonista es un homófobo de tomo y lomo. Al contrario que otro filme presente en aquel festival, Fruitvale Station, que cuenta el asesinato de un joven afroamericano gratuitamente en una parada de metro, Dallas Buyers no santifica a su personaje para denunciar la situación que vivía, y el argumento se enriquece por ello. Que Woodroof sea una buena o mala persona no importa a la hora de analizar que vivió una época injusta, en la que las autoridades hicieron oídos sordos ante una pandemia que se cobraba vidas sin cesar. Obviamente, esas vidas eran mayoritariamente homosexuales y por tanto el colectivo recibía una menor o escasa atención. Es el mínimo cambio moral que sufre Woodroof – nunca deja de ponernos de los nervios- lo más interesante de la historia.

Jean-Marc Vallée es el encargado de llevar a la gran pantalla el guión de Melisa Wallack y Craig Borten. Así como su exitoso filme C.R.A.Z.Y. (2005) se benefició de su gran trabajo tras las cámaras, aquí el peso de la película recae sobre los hombros de los intérpretes. Son McConaughey y Leto los que aguantan una película correcta y entretenida, que no trasciende mucho más allá de sus actuaciones. Jared Leto abraza a Rayon y la dota de ternura y fragilidad. McConaughey, que como todo el mundo sabe lleva un par de años reinventándose y demostrando que aquellas alabanzas recibidas en 1996 por Tiempo de matar no eran gratuitas, utiliza su innato carisma y lo pone al servicio de Woodroof, dotándole de mala leche, tristeza y encanto a partes iguales.

Se podría discutir si McConaughey merecía el premio de la Academia por este personaje frente, no sólo al victimizado DiCaprio, sino a Bruce Dern o Chiwetel Ejiofor. Se podría discutir también si True Detective no fue la mejor campaña para los Óscar que un actor nunca tuvo a su servicio. O se podría analizar esa reinvención del actor e incluso defender la complejidad de su personaje en Mud, que sigue siendo rubio y cachas pero que tiene una profundidad emocional que no desmerece al de Ron Woodroof. Sin embargo, lo que no deja lugar a dudas es que probablemente Dallas Buyers Club pase a la historia, no por ser una gran película, que no lo es, sino por el punto de inflexión que supuso para el intérprete. Esperemos que la dichosa McConaissance no se le suba (más) a la cabeza al actor. McConaughey volverá a la gran pantalla en noviembre con Interstellar, el nuevo proyecto de Christopher Nolan.

Por cierto, How to Survive a Plague sí es una gran película.