Bienvenidos a la historia que llamamos gloria

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David Oyelowo es Martin Luther King en ‘Selma’

Crítica

Selma (2014), de Ava DuVernay

Por Claudia Lorenzo

“Welcome to the story we call victory
Comin’ of the Lord, my eyes have seen the glory”.
“Glory”, canción para Selma de John Legend y Common

Para ser una figura tan importante del siglo XX, alguien con una fiesta nacional a la espalda, el cine ha utilizado bien poco la figura de Martin Luther King, por no decir casi nada (sin contar los telefilmes Boycott, acerca de la campaña de boicot a los autobuses, producido por la HBO en 2001, y Selma, Lord, Selma, del Disney Channel en 1999, que se basa en los mismos acontecimientos que nos ocupan). Selma es la primera película de estudio que se hace cargo de esta figura icónica. ¿Lo primero que hace? Bajarla del pedestal.

Narra la historia de las marchas organizadas por Martin Luther King y otros activistas entre Selma y Montgomery, capital del estado de Alabama, para protestar por el incumplimiento de la ley que permitía que los negros votasen. En el Sur, los asesinatos a manos del Ku Klux Klan se mezclaban con interrogatorios o leyes estatales absurdas que, en base a requerimientos arbitrarios, impedían que los afroamericanos ejerciesen su derecho igual que los blancos. Para hacer llegar su voz a los vecinos del resto del país, King utilizó su liderazgo y convocó una serie de protestas con el objetivo de atraer a los medios y darle voz al problema. Las marchas de Selma a Montgomery lograron que en 1965 se aprobase la Ley del Derecho al Voto que, en su sección 5ª, impedía que determinados estados más segregacionistas estableciesen leyes de voto por su cuenta sin consultar con el gobierno federal.

Ava DuVernay fue publicista antes que directora. Nunca se había planteado hacer cine hasta que fue testigo del rodaje de Collateral, de Michael Mann, y decidió que ella también tenía historias que contar. Entre documentales y campañas publicitarias, DuVernay estrenó en 2010 I Will Follow, una historia inspirada en la muerte de su tía, un filme que consiguió el aplauso de la crítica y la admiración del mismísimo Rogert Ebert. En 2012 presentó en Sundance su segunda obra, Middle of Nowhere. Por ella ganó el premio a la Mejor Dirección, haciendo historia al convertirse en la primera mujer negra en recibir el galardón. David Oyelowo, actor en la misma, la recomendó a los productores de Selma, que acababan de perder al que había sido el director elegido inicialmente: Lee Daniels –a tenor de los resultados, para beneficio de todos-.

Así DuVernay se enfrentó a un guión que se sostenía en torno al tira y afloja entre Martin Luther King y Lyndon B. Johnson a propósito de las protestas de Selma en 1965 y el derecho de voto de los negros. Reescribió, alejando la historia de esas dos cabezas y dándole peso al movimiento, a los ciudadanos de a pie y a las mujeres. Y fue la encargada de elaborar los discursos del Dr. King, ya que la productora no tenía los derechos de los mismos.

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David Oyelowo, Ava DuVernay y Oprah Winfrey en el rodaje de ‘Selma’

Lo que salió de la conjunción de esos talentos ha resultado en un filme, a falta de una mejor palabra, poderoso. Y también muy inteligente. El humano detrás del mito de Martin Luther King se revela aquí, muy en el estilo del Lincoln de Spielberg, como un estratega. Su pacifismo no es fe, no es religión, si no una forma elaborada de alcanzar sus objetivos, de hacer que el mundo se fije en lo que ocurre. Su humanidad, el sentimiento de culpa que le embarga cada vez que una parte de su estrategia sale mal y se cobra vidas, le da fuerza como líder. Y su poder, su capacidad para mover a las masas, para hacerles luchar por sus derechos y confiar en sí mismos, queda patente en cada uno de los discursos, no originales pero sí fieles a la esencia. El King de Ava DuVernay transpira energía. Y eso se contagia.

En un año de grandes papeles masculinos, era complicado elegir a cinco representantes para los premios de la Academia (han quedado por el camino Jake Gillenhall o Timothy Spall, entre otros). Sin embargo, la calidad, la honestidad y el trabajo de David Oyelowo encarnando la magia y la realidad de un icono universal han sido injustamente tratados. Oyelowo crea un trabajo milimétrico, lleno de miradas y detalles, de vulnerabilidades y fuerzas, que hacen de Martin Luther King un tipo parecido al resto de los mortales pero con una extraordinaria capacidad para salirse de la norma y luchar contra las injusticias. Su magnetismo provenía de una mente aguda y ordenada, y su cabezonería no dejaba de lado sus propios claroscuros.

No es el único. Desde Carmen Ejogo, que encarna a su esposa, Coretta Scott King, hasta Timothy Roth, que se hace cargo del personaje del Gobernador Wallace, un tipo siniestro, pasando por Tom Wilkinson (L.B. Johnson), Oprah Winfrey (Annie Lee Cooper) o los activistas alrededor de King, encarnados entre otros por Tessa Thompson, Common o André Holland, todos los actores se disuelven en sus personajes y les otorgan personalidad y tridimensionalidad. La revolución tiene muchas caras y todas quedan fijas en la mente del espectador gracias a la decisión de ampliar el foco de la historia y hacer que el público sienta por King y por el abuelo a quien su nieto promete votar, por Coretta y por Annie Lee Cooper que se harta de que le tomen el pelo cuando intenta registrarse en el censo, por el sacerdote que recorre medio país para protestar por algo que no puede soportar más y por el juez que no quiere violar la ley pero sí ser justo.

Hay muchas historias en Selma y muchas fuera de ella. La coincidencia de su estreno em Estados Unidos con los veredictos de inocencia por el asesinato de dos negros, Michael Brown en Ferguson (Misuri) y Eric Gardner en Staten Island (Nueva York), a manos de dos policías blancos, dejó claro que el racismo americano está lejos de ser superado, por muy mulato que sea el Presidente. Además, en 2013, el Tribunal Supremo invalidó esa sección 5 de la Ley del Derecho a Voto que tanta sangre, sudor y lágrimas le había costado al pueblo negro norteamericano en 1965, a pesar de la decepción de gran parte de la ciudadanía, Barack Obama incluido.

Selma es el bebé de DuVernay, directora también autodefinida activista, y como tal se transmite en todas y cada una de sus imágenes. De la mano de Bradford Young, director de fotografía y responsable de la misma en Ain’t Them Bodies Saints o El año más violento, entre otras, la directora se presta a contar una historia estructurada sobre un hombre y su entorno, pero también se empeña en darle identidad propia a las imágenes, creando fotogramas con tanta fuerza como las propias protestas y siempre decidida a colocar la cámara en el ángulo perfecto y dirigir a los actores con precisión y certeza. El Bloody Sunday americano, que recuerda mucho al irlandés filmado por Paul Greengrass, mezcla el humo con las palizas, con delicadeza pero veracidad, y muestra cómo se necesitaba la brutalidad de determinadas imágenes para que el país entero despertase del letargo de la discriminación.

Es acierto de la directora y coguionista abrir el filme con un diálogo utópico entre el matrimonio, una charla que deja patente lo lejos que están ya los King de vivir una existencia normal. Es acierto suyo enlazar las escenas de estrategias y discursos con momentos íntimos como el desayuno que se marcan los activistas al llegar a Selma, la charla entre King y Ralph Abernathy en la celda, mezclando las preocupaciones con las bromas, o el enfrentamiento entre Martin y Coretta a propósito de las amenazas que recibe su familia y la “inmediatez de la muerte”. Selma se basa en uno de esos hechos que merecen ser contados por su valor cinematográfico y por la magia de su relato. Pero, antes que un documento histórico o una lección, Selma es buen cine empaquetado en dos horas.

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King (David Oyelowo) y su esposa Coretta (Carmen Ejogo) marchan a Montgomery.

El problema con las películas que cumplen “cuotas” es que a veces se confunde el valor que tiene ser la excepción con la calidad de la misma. Ya ocurrió el año pasado. Ellen bromeó al inicio de la gala de los Óscar diciendo que, o Doce años de esclavitud ganaba el premio a la mejor película, o todos eran unos racistas, y esa frase se utilizó hasta la saciedad –fuera de contexto- para reafirmar que, efectivamente, había ganado simplemente por ser una historia de esclavitud. Sin embargo, sin entrar en discusiones de si era mejor o peor que otras (en una carrera como la del año pasado, era complicado decantarse sólo por una), Doce años de esclavitud era una grandísima película, intensa, acertada, maravillosamente interpretada, dirigida y escrita, dura sin ser manipuladora, tierna sin ser sensiblona, con unos personajes que se agarraban a las tripas y ya no nos soltaban. No habíamos visto nunca un filme sobre la esclavitud con tanta precisión y tanto sentimiento como el de Steve McQueen, y su triunfo no fue el de una cuota, sino simplemente el del buen cine.

Selma, la gran “olvidada” de estos Óscar, tiene un trabajo complicado a la hora de separarse de las cuotas que cumple. No sólo es la historia de los afroamericanos en los años 60 contada por ellos mismos (frente a un Criadas y señoras, por ejemplo). También es uno de los tres filmes (junto a Más allá del amor, de Shana Feste, e Invencible, de Angelina Jolie) distribuidos por los grandes estudios americanos en 2014 dirigido por una mujer. Uno de tres.

Sin embargo, todo el ruido, las cuotas y las argumentaciones al margen del arte deben quedar de lado frente a una de las mejores películas del año, filmada con una claridad y un pulso narrativo evidente, que administra cada una de las marchas de Selma a Montgomery para establecer un crescendo en el argumento y que retrata a uno de los personajes más icónicos del siglo XX no desde la leyenda, la hagiografía o la veneración, sino desde el más puro humanismo. Desde la calidad. Desde el cine.

Excusen la pasión. Es que Selma es muy buena.