Opinión: sobre Siria

Fotogrma del documental “Silvered Water: Syria Self-portrait” (“Ma´a al-Fidda”, 2014), de Ossama Mohammed y Wiam Simav Bedirxan.

Afortunados y desgraciados

Por Rau García

Puede que seamos afortunados por haber nacido en esta época y en un país como España, en una familia como la nuestra, pero siento una profunda vergüenza por la lenta reacción y escasa ayuda que hasta ahora está demostrando Europa en general, a excepción de Alemania, aunque sigue sin ser suficiente, frente a la emergencia de los desplazados sirios. Europa en los últimos años solo ha respondido con parches al problema de la inmigración ilegal (etiqueta que no me gusta emplear porque nadie es ilegal) y dice ahora que no está preparada para afrontar algo así, que “están saturados”, y mientras se ponen de acuerdo para repartirse “el marrón”, mueren personas todos los días intentando alcanzar un lugar para sobrevivir, lejos de la guerra. Y las que no mueren por el camino, lo pierden todo, teniendo que empezar desde cero en condiciones lamentables y soportar el trauma de la perdida de sus familiares y amigos, esperando a que llegue el día en que puedan regresar a sus países de origen, si es que llega, a sus casas, si es que siguen en pie o si no se las han robado, y volver a retomar sus vidas en el punto donde se vieron interrumpidas.

Siento vergüenza por muchas cosas que pasan aquí, donde vivo, y en esta época en la que, creo, debería haber más humanidad que en otros tiempos. Una época que hubiera sido peor si George W. Bush hubiera decidido usar la bomba atómica en Afganistán, pues por lo visto después del 11-S se planteó todas las posibilidades, tal y como se ha publicado estos días (aunque no acabo de creérmelo, o no quiero, por solo pensar en las consecuencias que hubiera tenido). Está demostrado que la memoria histórica mundial no siempre deja una lección a las futuras generaciones, que el desarrollo no siempre implica evolución social y mayor humanidad, y que haber experimentado situaciones parecidas en el pasado no nos hace forzosamente sentir más empatía. Europa se comporta más como un gran banco central, y los países de la Unión como sucursales que se han aliado por interés y por miedo para protegerse ante una moderna guerra fría constante de la que ni estando dentro del club se está plenamente seguro (ahí está el desprecio con el que se está tratando a Grecia). Este modelo de Europa semiblindada, carente de solidaridad y en la que parece haber diferentes clases de europeos, no me gusta en absoluto. Y aún siendo testigos de lo que está ocurriendo, todavía hay muchas personas que no están dispuestas a sacrificar parte de su estatus, porque se trata de un problema lejano, que no les salpica directamente. Pero lo cierto es que en el mundo de hoy nadie ni nada está a salvo y esto podría pasarnos a cualquiera, incluso en España, por afortunados que seamos en estos días. Afortunadamente también hay otras muchas personas que sí se ponen en la piel del otro, que comparten lo que tienen y lo que saben para colaborar como pueden. Porque no seremos realmente afortunados hasta que deje de haber tanta desgracia.

Otro ejemplo de egoísmo reciente fue el despliegue que hubo ante los casos de ébola en España y en otros países de fuerte economía, o de ciudadanos con nacionalidad de estos lugares en territorio africano, o de otras personas, sin importar su procedencia, que superaron la enfermedad, pues su sangre puede ayudar a otros enfermos. Una vez solventados parece que el problema se erradicó, pero en algunos países de África se enfrentan a este problema a diario, y con muchísimos menos recursos, lo que pasa es que ya no aparece en los medios de comunicación, como tantas otras noticias del mundo que solo son contadas durante unos días, semanas o meses y luego se olvidan, cuando la actualidad deja de ser novedad. No interesa invertir en investigar para dar con la vacuna o un tratamiento, porque las personas afectadas de estos países no se lo podrían costear. En cambio, si pasara aquí, en el mismo o en un menor número de casos, ya hemos comprobado que se reaccionaría urgentemente, porque si ocurre dentro de nuestras fronteras, poniéndolas en peligro, es diferente. Es un negocio que mueve cifras multimillonarias y en Europa sí que hay dinero, por tanto sería rentable, mientras que en África no, aunque este abandono le cueste la vida a multitud de seres humanos.

Escuchando a los gobernantes estos días, queda claro que quieren involucrarse lo justo en este problema, que era de prever pues el conflicto sirio no es nuevo (estalló en 2011). Y lo hacen desde un enfoque puramente político, con la responsabilidad que les toca pero sin rastro de empatía, con el único objetivo de proteger la economía y la seguridad de sus países, porque no reporta ningún beneficio económico más allá de evitar problemas mayores en el futuro. Al contrario, requiere una inversión que, probablemente ellos piensen, no llega en el mejor momento para los países que se están recuperando de la crisis. Esta vez prestar ayuda o meterse en una guerra ajena no da dinero, así que no interesa. O sí, porque he leído que la mayoría de las armas que se usan en esta guerra civil están manufacturadas por Estados Unidos y Rusia, entre otros. De ser cierto, estaríamos luchando para resolver un problema que estarían alimentando por otro lado.

Si quisieran ayudar de corazón se pondrían a trabajar sin descanso hasta averiguar qué pueden hacer, cuanto más mejor, si unen sus fuerzas, pero hasta el momento solo se están escurriendo el problema, tratando a los inmigrantes como un estorbo. Y es que para un país no hay negocio en acoger a refugiados o a inmigrantes ilegales (como últimamente insisten en clasificar, aunque todos escapen de los mismo, hayan solicitado o no asilo de forma oficial). Al revés, los gobernantes deben de pensar que esto crea un “efecto llamada”, que atenta gravemente contra la estabilidad nacional, la cual es su obligación defender por encima de todo, y todo incluye por encima de los derechos humanos de los inmigrantes, porque al haber entrado de forma ilegal es la excusa perfecta para atenderles como ciudadanos de tercera.

Lo peor no es la vergüenza ni la indignación, es la pena y la impotencia que produce esta situación desesperada para la que yo no tengo la solución. Y la rabia y el asco ante los ataques racistas que ya se están produciendo contra los sirios. Pero más preocupante es que los que manejan los hilos del mundo, los que se supone que sí saben algo del tema, porque tienen asesores expertos en la materia, y tienen el poder, aunque el poder resida en el pueblo, estén poniendo tantas trabas y condiciones para encontrar esa solución, que por supuesto, no digo que sea tarea fácil. Así que no podemos esperar sentados a que los gobernantes actúen, eso sería confiar en exclusiva una responsabilidad que también nos corresponde a los ciudadanos. Algunas comunidades autónomas, ciudades y familias están planteando aportar su granito de arena por iniciativa propia, adelantándose así a las decisiones del gobierno central, en el caso de España. Y hasta un magnate egipcio está barajando la posibilidad de comprar una isla en aguas de Italia o de Grecia para acoger a inmigrantes y darles trabajo en la construcción de un nuevo país. Encontremos cosas que podamos hacer nosotros, en la medida de nuestras posibilidades (ya están surgiendo artículos en los que indican todas las vías que existen para poder hacerlo). Apoyemos causas que nos importen, causas que necesiten de afortunados como nosotros, y entre todos haremos el mundo un lugar un poco mejor.

Aquí puedes puedes firmar la petición de ACNUR España “El asilo es para todos” que necesita 150.000 firmas.

También puedes colaborar con una donación a la Asociación de Apoyo al Pueblo Sirio.

Aquí puedes leer la crítica sobre este documental que recomendamos: Silvered Water: Syria Self-portrait (Ma´a al-Fidda, 2014)

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