Adivina quién se casa esta noche

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Crítica

Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho? (2014), de Philippe de Chauveron

Por Claudia Lorenzo

Hay películas que podrían considerarse políticamente incorrectas. El lamento de un padre y una madre degaullistas por la elección de maridos de sus hijas (un musulmán, un judío, un chino) que llega a su punto culminante cuando la benjamina presenta a su prometido, un católico africano, podría no estar bien visto sino fuese porque ese humor francés, básico pero también honesto, que está claro que empatiza con el ser humano, a tenor de las carcajadas que se escuchaban en la sala mientras se proyectaba la película.

Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho? es la quinta película del director Philippe de Chauveron, primera de estreno en España. Dos pesos pesados de la comedia gala, Christian Clavier y Chantal Lauby, se encargan de interpretar a ese matrimonio que se debate entre lo que ellos consideran “bueno” para sus hijas -maridos blancos y católicos- y lo que es puramente racista en la actualidad. Un catálogo de prejuicios que no sólo exponen éstos dos, sino todos los involucrados en el “drama” familiar: musulmanes que creen que el judío de la familia es un avaro, a pesar de estar en el paro, judíos que creen que el chino no tiene sentido del humor, yernos que se unen contra el africano porque es el último en llegar… Los tópicos, los lugares comunes y los prejuicios están a la orden del día en una comedia que muchos comparan este año con el gran éxito del cine español, esa Ocho apellidos vascos que ha tenido una repercusión incomparable y que se nutre fundamentalmente de chistes mil veces repetidos sobre el norte y el sur de España.

Lo curioso del filme que nos ocupa es que el daño que pueden hacer los comentarios abiertamente racistas de todos sus personajes (incluyendo los futuros consuegros, horrorizados por el hecho de que su hijo se case con una francesa blanca) se ve contrarrestado por dos detalles: uno, el público se identifica con los tópicos, con las bromas que todos hacemos -la mayoría conscientes de que está mal hacerlas-, y compartir eso crea un sentimiento liberador en la audiencia que consigue que ésta reciba la propuesta con los brazos abiertos, de ahí el segundo detalle: ha barrido en las taquillas de Francia y Alemania. ¿Indica esto que las naciones europeas vuelven a hacer gala de la xenofobia que campa a sus anchas por el continente o que, por el contrario, el público abraza la idea, que defiende la película, de que todos tenemos prejuicios, que todos les damos muchas veces voz, y que en el fondo sabemos que ni tenemos razón ni somos tan diferentes?

Sería interesante analizar el espacio que ocupan las comedias en nuestra sociedad, qué quieren decir de nosotros los asuntos que nos hacen gracia, qué dejamos salir libremente en las carcajadas de la oscuridad de la sala, qué identidad nos alivia que retraten estos intentos por hacer ligero algo que tan vez no lo sea pero que merece analizarse. Dios mío, ¿pero qué hemos hecho? es una comedia sencilla, tal vez simple, que se ríe de determinados clásicos básicos y que busca la empatía en los instintos más puramente humanos; en ocasiones despreciables, pero humanos. No pasa nada por echar una sonrisa de mano de la incorrección, si somos conscientes de esa misma incorrección.

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