Abismos

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Crítica

Meteora (2012), de Spiros Stathoupoulos

Por Manuela Partearroyo

En esta nueva y apasionante labor con la que me ha tocado disfrazarme supongo que habrá ocasiones en que me trague los más inoportunos bodrios o, en su defecto, taquillazos sin un ápice de contenido. Y yo encantada. Setrata de eso, supongo, de distinguir entre lo que a una le emociona y lo que no le produce más que un señor dolor de cabeza. ¿No es así, míster Belvedere?

A priori, Meteora genera una sensación inestable, pues el argumento que a ustedes paso a contarles en breve les parecerá sin duda un soberano coñazo (como es menester para estas fechas de junio tan proclives a la lujuria y los desbarajustes libidinosos). Sin embargo, hay algo en ella que pica la curiosidad y que a la hora de la verdad no defrauda. Muy al contrario: «¡Y nos la queríamos perder!», le espetó un crítico a su acompañante cuando se encendieron las luces. Tal vez eso es Meteora, una maravilla disfrazada de bodrio, o tal vez lo contrario. Juzguen ustedes.

Si uno lee el argumento, se imagina un crossover entre las poesías de San Juan de la Cruz y las ñoñerías de Laura Pausini. Una servidora ingenuamente creía haber visto ya todas las fórmulas posibles de love affaire que puedan existir, pero claro, nada más lejos de la verdad. Aquí, el chico busca chica se convierte en la pasión prohibida entre Theodoros y Eulalia, dos monjes cristianos ortodoxos. El monasterio de él es contiguo al convento de ella, en la cima de dos elevadísimos montes enfrentados de la región de Tesalia. Su amor secreto y silencioso se comunica a través de los reflejos de unos espejitos, a partir de cuyas señales, los amantes descienden la altísima montaña para encontrarse en un monte prohibido con un árbol en el medio, inevitable la imagen de Adán y Eva.

Toda la narración se ve acompañada por unas animaciones elegantemente definidas que, como mosaicos bizantinos dorados y esquemáticos, acompañan simbólicamente el camino moral y amoroso de los dos religiosos. Todo un acierto que con extraña fluidez se combina con el realismo más purificado de la imagen. Tampoco falta el acercamiento a la vida de algunos lugareños, ni el regodeo de la cámara en los hábitos mundanos de los distintos personajes, que parecen describirnos en tono marcadamente neorrealista un mundo que nos parece imposible hoy en día, estancado en los abismos de la fe y del olvido. La cinta, sin duda, resucita la impronta maestra de un Pier Paolo Pasolini para hablar precisamente del tema que más le gustaba: el complejísimo diálogo entre el cuerpo y la fe.

Es una historia sin tiempo, podría ser cualquier época, y parece como si la ausencia de tiempo invitara a la presencia protagonista del hermosísimo espacio. La falta de diálogo se compensa con la fascinación que provocan sus medidos y estáticos planos, como retablos llenos de polvo (ojo con la broma fácil) de las abismales laderas de Tesalia. El silencio de la cinta deja hablar al cuerpo, como así lo precisan Theodoros y Eulalia, y es ese paisaje difícil, esa subida por el camino empinado frente a la bajada a los infiernos de la carne, la que nos acerca simbólicamente a los purgatorios dantescos tan presentes en este camino de los dos personajes.

Sean o no los primeros amantes de la tierra poco importa, la decisión de amor está suspendida en los abismos. No es una película de sábado por la tarde, pero es mucho más de lo que uno espera encontrar incluso tras echar una ojeada al trailer. Su emoción bien podría estar expuesta en los museos más hermosos.

Tal vez merezca la pena tirarnos por el acantilado.