A sus pies Mrs. Bacall

Lauren Bacall

No tienes que actuar conmigo. No tienes que decir nada ni hacer nada. O tal vez, solo silbar. Sabes cómo silbar, ¿verdad Steve? Solo junta los labios y silba”.

Tener y no tener (Hawks, 1944)

Por Raúl C. Cancio Fernández

Les propongo una licencia ucrónica como marco de estas breves líneas en memoria de la, ahora sí, inmortal, Lauren Bacall. Para ello me tomo la libertad además, de conjeturar con personas queridas y bien conocidas por estos pagos. Por ejemplo, imaginemos a nuestro admirado director Guillermo López García con diecinueve añitos recién cumplidos, codirigiendo Cahiers de Cinema, y compartiendo redacción con André Bazin, Robert Bresson o Eric Rohmer; pongámonos igualmente en la piel de las formidables periodistas y colaboradoras de esta publicación, Ángeles García y Marisa Flórez, también en la lozanía de sus diecinueve abriles –conservan su exuberancia al día de hoy, me consta-, en la redacción del Washington Post, trabando encuentros con «Garganta Profunda» en el parking del 1401 de Wilson Boulevard del D.C.; y que me dicen si a esa misma edad nuestro Diego Galán y la gran Molly Izaga llevaran las riendas del Festival de Cannes o Berlín…Pues bien, el primer trabajo en el mundo del cine de Betty Joan Weinstein Perske, la acomodadora de cine de Brooklyn, de tan solo diecinueve años allá por 1944, lo fue a las ordenes de Howard Hawks, compartiendo elenco con Humphrey Bogart y Walter Brennan, en una cinta basada en una novela de Ernest Hemingway, adaptada al celuloide por el propio autor, auxiliado en la tarea por otro Nobel, un tal William Faulkner y todo ello producido por Jack L. Warner…en fin.
No es de extrañar que durante la promoción en Nueva York de Tener y no tener (Hawks, 1944), el citado debut de la llorada Bacall, el dramaturgo Moss Hart la dijera: “Te das cuenta, por supuesto, que a partir de ahora solo puedes ir hacia abajo, ¿verdad?”. Y es que iniciar una carrera profesional en semejante contexto creativo, sólo puede acarrear una perspectiva descendente teniendo en cuenta la excelencia alcanzada en su debut. Pero Hart –y cualquier observador sensato- se equivocó. Lauren Bacall no sólo se sobrepuso a la brutal descarga de mitología y talento que recibió siendo casi una niña, sino que también eludió ser aplastada por el título de viuda de América con tan solo treinta y dos años; de la toxicidad de mantener cualquier tipo de relación con Frank Sinatra o de compartir cama con una botella de whisky marca Robards Jr.…Es más, la dilatadísima sombra de Bogie no hizo sino estimular a Lauren, quien lejos de acomplejarse por la devastadora carga semiótica de su difunto esposo, no dudo en hacer las maletas y buscar en las tablas de Broadway lo que Hollywood la negó durante décadas, al punto de hacerla perder incluso la dignidad –¡a ella!- en la malhadada ceremonia de los Oscars de 1997, donde Juliette Binoche la arrebató una estatuilla que llevaba su nombre por su delicadísima creación en El amor tiene dos caras (Streisand, 1996).

Dos premios Tony por sendos musicales basados paradójicamente en filmes del Hollywood clásico: Applause, en la que interpretó el personaje de su admirada Bette Davis en Eva al desnudo; y La mujer del año, en la que retomó el papel de su amiga Katharine Hepburn en la película homónima; decenas de reconocimientos en todo el mundo, desde el Cecil B. DeMille, al homenaje del Festival de Berlín en los noventa, pasando por el Donostia del Festival de Cine de San Sebastián –Molly, cuéntanos detalles por favor-, o brillantes colaboraciones durante su dignísima, elegante, auténtica, arrugada y canosa vejez –inolvidable su cameo en el capítulo “Luxury Lounge” (2006) de Los Soprano, encajando un crochet de Moltisanti – son únicamente una muestra de la extraordinaria fortaleza de una mujer irrepetible en lo físico –qué les voy a decir que no hayan visto u oído -, en lo profesional -Hawks, Huston, Sirk, Minelli, Von Trier o Curtiz no podían estar todos equivocados-; en lo intelectual -un National Book Award por su autobiografía Be Myself (1978); en lo moral –que se lo digan a Dalton Trumbo y los otros nueve de Hollywood-, o en lo humano – lean en Las estrellas de Hollywood (Bogdanovich, 2009), su comportamiento y actitud en las últimas y amargas horas de Bogie-.

En el sepelio de Bogart en el Forest Lawn Memorial Park de Glendale, se cuenta que la viuda introdujo un silbato en su ataúd, en recuerdo de la legendaria frase que encabeza este obituario y que «Slim» Browning le dijo a Harry Morgan en su primera película juntos y que les uniría para siempre. Los amantes del cine deberíamos colocar junto al cuerpo de esta mujer las gafas de sol con las que nos hemos protegido todos estos años de la mirada más sensual y poderosa de la historia de cine y de una botella de cazalla El Clavel, con la que intentamos que nuestras mujeres tuvieran su mismo y sugerente tono de voz, con nulo éxito por cierto. A sus pies Mrs. Bacall.