A propósito de Inherent Vice

Pynchon

Por Eduardo Lago

Pues sí; Pynchon es difícil, elusivo, inescrutable a veces. He dado seminarios sobre él en España, para gran frustración de los alumnos, que no lograban entenderlo. Otro tanto me ocurre con muchos amigos, que intentan llegar a él, sin saber cómo. En EEUU El arco iris de la dificultad se considera una obra maestra. En España no ha calado. Es impermeable a nuestro canon. Claro, que allí imperan otros aires. Se consideran grandes obras literarias cosas que aquí pasan desapercibidas, después de haber sido traducidas. Cuestión de distancia cultural, volveré sobre ello.

Son muchas las obras valiosas de Pynchon: V., Mason & Dixon, cuya lectura produce un éxtasis lisérgico. Tengo mucho interés por leer la última, Bleeding Edge. En cuanto a la historia de Doc Sportello, es decir la novela titulada Vicio inherente, es fácil atascarse. A Pynchon le da bastante igual que al lector le pueda resultar un tanto duro entrar en su trabajo. Deja que una cortina de humo envuelva la página. Humo de porro, en este caso, que hace que la lectura se vuelva un tanto opaca. Con Pynchon las cosas no están nunca en su sitio. No tienen por qué. Pienso en la frecuencia con que mis amigos acuden a mí en busca de ayuda. Podría abrir un consultorio literario sólo para quienes se quedan perplejos ante Pynchon. El problema es mucho más grave cuando se leen sus obras en español. De hecho, con la lectura del original el problema apenas existe. O es otro. Cuando discutía la calidad de La subasta del lote 49, la obra más accesible de Pynchon con un grupo de amigos tan escépticos como bien intencionados, ante la insistencia de su rechazo al texto, que ellos leían en español y yo en inglés, decidí echarle un vistazo a la versión castellana. Inmediatamente entendí lo que pasaba. No estaban leyendo a Pynchon, sino algo que no sé muy bien cómo explicar. La relación entre lo que leían y el original es comparable al Cristo retocado por la anciana de Borja con respecto al original. Una deformación monstruosa.

Joaquin Phoenix como Larry "Doc" Sportello

Joaquin Phoenix como Larry “Doc” Sportello

Hace unos días vi otra transposición de Pynchon, sólo que ésta me pareció magistral. Es la primera vez que alguien se atreve a llevar una novela de Pynchon a la pantalla. La versión cinematográfica de Inherent Vice realizada por Paul Thomas Anderson me parece una obra maestra. Gracias a Anderson vi aspectos de la novela de Pynchon que se me habían escapado, algo verdaderamente raro cuando se pasa de la página a la pantalla. Lo normal es lo contrario. Y eso que Anderson se toma bastantes libertades, incluido cambiar el final. Volviendo a la cuestión de la distancia cultural existente entre España y USA, parte de la falta de aprecio hacia la obra de Pynchon se debe a que el americano se mueve en unos parámetros que a nosotros sencillamente se nos escapan, como puede ocurrir, poniendo un ejemplo extremo, con la visión que se tiene de los toros en otras dimensiones. Hay cosas que no se pueden explicar, o se sienten o no. (Aclaración: utilizo el caso de los toros como ejemplo. Personalmente no me interesan, al contrario, siento una cierta aversión, pero hay algo en ellos que supieron ver Goya, Picasso, Hemingway y otros tantos). Hablo de ósmosis, algo que pude apreciar bien cuando vi la película, en el Angelica. El regocijo general del público era palpable. Se respiraba la alegría de los espectadores, que se reían de buen grado, en un gesto que traducía una forma de reconocimiento, de familiaridad.

Phoenix y Benicio Del Toro

Phoenix y Benicio Del Toro

Hay muchos méritos en todos los órdenes, desde la sagaz visión de Anderson hasta el trabajo de los actores, que es excepcional, empezando por el de Joaquin Phoenix. El manejo de las distintas texturas del color también me impactó. Hay escenas de gran belleza visual. La música añade profundidad a la película, tanto gracias a la banda sonora original como a la recuperación de temas clásicos de los setenta, como el “Harvest” de Neil Young. Es la California de Pynchon con sabor a Hammet. Anderson endereza el mundo del escritor sin simplificarlo. Hace lo oblicuo, directo, sin traicionarlo; lo impenetrable, accesible, sin desvirtuarlo. Deshace el galimatías verbal y lo traslada a imágenes sensuales que atrapan. El proceso se podría describir como una especie de lynchamiento (davidiano, claro está). Y es que Anderson, como Lynch, lleva a cabo un trabajo cerebral que en todo momento está en contacto con las vísceras, con la textura elemental del sentimiento y las emociones. El suyo es un trabajo intensamente sensual. Las drogas y el aura que crean alrededor de quienes se adentran en otros mundos por medio de ellas tienen mucho que ver. Anderson penetra en la niebla que habita Pynchon haciendo que los espectadores lo sigan; logrando una inmediatez en la comunicación que el libro tiene dificultades para establecer, a menos que se trate de un lector adicto de antemano a la prosa lisérgica (permítaseme la repetición) de Pynchon.

Esto no es una crítica, sino la constatación de una admiración agradecida. Gracias a las manos, la cabeza y los ojos de Anderson, la historia de Sportello se torna clara, los sentimientos confusos logran reordenarse.

Manipulado por PTA, el celuloide opera como el alcohol o en general cualquier estupefaciente: haciendo que se tiendan puentes entre realidades que de lo contrario se mantendrían permanentemente alejadas. El argumento se hace dúctil, más fácil de seguir. La sensación de complacencia es continua. Por detrás de la pantalla se escuchan carcajadas. Es Pynchon, dopado. Si se quiere calibrar la película de Anderson bien, hay que verla más de una vez, porque es una labor de orfebre y filigrana, un trabajo artesanal, realizado con un dominio técnico y una disciplina artística e intelectual admirables. Aquí me conformo con transmitir una emoción. He estado viendo algunas reseñas, la del L.A. Times es ejemplar, la del New Yorker un ejemplo perfecto de la idiotez y pedantería neoyorquinas, aunque me temo que se trata de una tendencia universal: el crítico se siente obligado a hacerse notar, como si importara más que lo que comenta (de hecho, no recuerdo ya quién es; en la fauna hispana también abundan, por desgracia). Pero esto no es una crítica, sino la constatación de una admiración agradecida. Gracias a las manos, la cabeza y los ojos de Anderson, la historia de Sportello se torna clara, los sentimientos confusos logran reordenarse. Todo lo aglutina un sentido del humor saludable y desbordante, un humor que se manifiesta de diversas formas, de lo más sutil a lo más descarnado. La película encierra una crítica también sana y descarnada del sistema social americano en su conjunto. Nos hace sentir nostalgia por un sueño que se desvaneció, el de California. Una música límpida subraya los momentos más emotivos, con temas llenos de nostalgia, y en los más oscuros, logra una notable complejidad estética, por medio de las disonancias invocadas por Jonny Greenwood (Radiohead), que logra así realzar los aspectos más elusivos de la historia. La brillante trayectoria de Anderson añade con esta transposición al cine del mundo de Pynchon una obra de primer orden.

Eduardo Lago (1954) vive en Nueva York desde hace 25 años. Doctor en Literatura por la Universidad de Nueva York y profesor de Literatura en Sarah Lawrence College. En 2006 ganó el premio Nadal con su novela Llámame Brooklyn, que tuvo el aplauso unánime de la crítica y de los lectores. También obtuvo el premio de la Crítica y el premio Ciudad de Barcelona. Más adelante publica los relatos Ladrón de Mapas. Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee es su segunda novela. 

www.malpasoed.com

1 Comment

  • Fran dice:

    He podido ver la película recientemente y tengo la misma sensación que cuando acabo una novela de Pynchon, permanece un poso de ideas y sensaciones difícil de explicar e imposible de eludir. La película me ha gustado mucho, y reconozco que la elección de Sortilege como narradora ha sido un acierto. Un trabajop encomiable de adaptación. Aunque reconozco que me hubiera gustado ver un poco más de Sauncho Smilax y el Colmillo Dorado.

    En cuanto a la traducción de las obras de Pynchon, sin haberlo leido en su idioma original, El Arco Iris de Gravedad me parece que está muy bien traducido, me dejé llevar durante toda la obra por la magnética prosa de Pynchon, aunque supongo que en su idioma ganará muchos puntos, debe ser complicado traducirlo. Creo que es cuestión del tipo de narración que insufla en sus textos por lo que no ha calado en España o por como usted bien dice una cuestión de distancia cultural.

    Es una pena que obras como las de Pynchon o esta película, y The Master, una obra maestra del cine moderno, pasen tan desapercibidas en España y no llegen a calar en el público, porque es un cine y una literatura más que necesarias en los tiempos que vivimos.

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