El comunista bebe Coca-Cola

Crítica

Uno, dos, tres (1961), de Billy Wilder

Por Paco Montalbán

Sector norteamericano del Berlín dividido, 1961. En plena Guerra Fría entre el bloque comunista y el mundo libre occidental, MacNamara (James Cagney), director de Coca-Cola en la capital alemana, se propone asaltar la URSS con su refrescante bebida, donde le esperan trescientos millones de camaradas –“remeros del Volga, cosacos, ucranianos y mongoles exteriores”– sedientos y deseosos de injerir su brebaje. Este éxito le permitiría su soñado traslado a Londres como delegado de la compañía. Su vida transcurría plácidamente con su mujer (Arlene Francis), sus dos hijos y su secretaria-amante Ingebor (Lilo Pulver) cuando, desde Atlanta, el presidente de su compañía le envía a su joven y caprichosa hija Scarlett (Pamela Tiffin) de 17 años a pasar unas vacaciones bajo su tutela. Pero las  cosas se complican: Scarlett se enamora, a escondidas, de Otto Piffl (Horst Buchholz), un joven militante comunista de la Alemania Oriental que atraviesa la frontera en una moto con sidecar. El contraste entre ambos mundos está servido. Y como todo es susceptible de empeorar, los padres de Scarlett anuncian su inminente llegada a Berlín, con lo que MacNamara desencadena un proceso para reeducar a Otto al capitalismo, a un ritmo molto furioso 1-2-3.

Película en blanco y negro basada en una obra de teatro de un acto de 1926 del húngaro Ferenc Mólnar, con un ritmo trepidante y que, en clave satírica, plasma el enfrentamiento ideológico entre el capitalismo occidental y el comunismo soviético de partido único. Los contrastes se evidencian entre la democracia y la dictadura, pero también entre los alemanes occidentales –gran sentido de obediencia a la autoridad, disciplina germánica, con taconazos constantes, responsabilidad e hipocresía de un pasado nazi, pero con una riqueza pujante- y los orientales –adocenados, sumisos a las consignas de Moscú y cada vez más empobrecidos-.

Uno tras otro, los mitos comunistas van cayendo sin interrupción, no sólo en la despiadada crítica del discurso ideológico entre MacNamara y Otto, sino en los aspectos más materiales. El tipo de vida que le ofrece Otto a Scarlett en pareja –“con la maternidad popular para sus bebés, la casa cuna popular donde podrán ver al bebé dos días a la semana, el apartamento pequeño con baño compartido con otras familias”– es graciosamente rechazado por la rica heredera de Coca-Cola, atrayendo a su prometido hacia su lujosa vida, en la que piensa contar con su médico personal, su niñera y su institutriz. Pero también, la desternillante sátira crítica a los tres comisarios de comercio rusos encargados de negociar la implantación de la fábrica de brebajes en su territorio: sexo y dinero son capaces de ablandar la conciencia más revolucionaria de los militantes bolcheviques que perciben un Occidente cada vez más atractivo.

James Cagney © Metro-Goldwyn-Mayer Studios Inc. All Rights Reserved.

James Cagney © Metro-Goldwyn-Mayer Studios Inc. All Rights Reserved.

El vertiginoso desarrollo de la película se acentúa con la trepidante Danza del sable, compuesta en 1942 por el músico ruso Khachaturian, premio Lenin en 1959. La escena en la que Ingebor, ataviada con un ajustado vestido de lunares, baila descalza -con pinchos llameantes y su propio cinturón a modo de látigo- encima de una mesa del bar del Gran Hotel Potemkin de la Alemania Oriental donde MacNamara negocia con los tres rusos, es especialmente divertida. Y es que MacNamara es un ejecutivo con recursos y la autoridad y rapidez de ideas que maneja encuentran salida a las situaciones más irreversibles: “Napoleón fracasó, Hitler fracasó, pero Coca-Cola al Oso ruso venció”.

Uno, dos, tres se rodó en escenarios exteriores y en los estudios Bavaria de Munich. La puerta de Brandeburgo, uno de los pasos entre las dos Alemanias, acoge varias escenas. Cuando en junio de 1961 comenzó el rodaje, se podía transitar libremente entre ambos territorios, pero la noche del 12 de agosto se implantó apresuradamente el Telón de Acero –materializado en una provisional alambrada de espino, que más tarde se convertiría en el Muro de hormigón, acero, torres, soldados y perros de vigilancia- y aún quedaban por rodar varias escenas en el entorno de Brandeburgo, por lo que hubo que construir una réplica en los estudios Bavaria. El rodaje acabó por complicarse cuando, estando pendiente la escena de la recepción en el aeropuerto de Tempelhof de los padres de Scarlett, Horst Buchholz tuvo un accidente de moto, por lo que se suspendió y se acabó de filmar en los estudios de Hollywood tras la recuperación de este.

Billy Wilder, Pamela Tiffin, James Cagney, Horst Buchholz

Billy Wilder, Pamela Tiffin, James Cagney, Horst Buchholz

Cagney y Wilder no se soportaban. El perfeccionismo de Wilder era tal que algunas escenas se repitieron hasta la saciedad y una de ellas -la de la elección del traje para Otto- se filmó cincuenta y dos veces. Y es que la velocidad de dicción de Cagney y la aceleración de las réplicas eran tan delirantes que, a veces y en contra de la voluntad de Wilder, los diálogos se solapaban.

La película no pudo ser más oportuna para reflejar una realidad de la guerra fría cada vez más helada. Pero precisamente por la coincidencia con la construcción del Muro, su estreno resultó un fracaso –no estaba la realidad para bromas-, aunque su reestreno en 1986 fue un rotundo éxito.

No hay tregua para el espectador; el guión complica cada vez más la hilarante trama; cada situación es superada por la posterior, y los diálogos están tan acelerados que se aconseja ver la película con la respiración contenida porque, como se escape una carcajada, no se oirá la contrarréplica que, inevitablemente, provocará la siguiente.